En el vino, ¿hablamos de cata o degustación? por Guillermo Vargas

 

Por Guillermo Vargas (guillermo.vargasg@gmail.com)

En nuestra lengua castellana los términos cata y degustación del vino suelen confundirse a pesar de que se trata de dos cosas distintas y de objetivos diferentes, que no significan conceptualmente lo mismo. La cata es un estricto análisis sensorial, mientras que la degustación es el acto de probar los vinos para complacer nuestros sentidos.

Vale la pena citar la amplia definición de los padres de la enología moderna, Jean Ribéreau-Gayon y Emile Peynaud, profesores de la Facultad de Enología de Bordeaux, Francia: “Catar es gustar con atención el vino para apreciar su calidad, someterlo a nuestros sentidos, principalmente al gusto y al olfato, conocerlo buscando y expresando sus cualidades y defectos, estudiarlo, analizarlo, describirlo, juzgarlo y clasificarlo”.

Es una definición estricta que abarca el análisis sensorial del vino realizado por el enólogo experto, para tomar decisiones en cuanto a su elaboración, crianza y cuidado, en bodega, o para juzgarlo, en concursos.

El catador es un profesional que ha desarrollado sus sentidos para detectar las cualidades y defectos del vino y registrar sus apreciaciones de forma individual y en estricto silencio; requiriendo de la mayor concentración posible. Se pueden catar varios vinos en cada sesión y no se le ingiere para evitar perder sensibilidad y objetividad en las decisiones o juzgamientos. La cata se realiza a ciegas, es decir, sin tener información sobre los vinos que analizamos, para evitar el efecto de sugestión.

La degustación, por su parte, es un evento que se realiza por placer, no se necesita ser un experto para efectuarla; se aprecian los vinos acompañados de ciertos canapés o abrebocas, para buscar el mejor equilibrio entre aromas y sabores. En la degustación, las botellas están a la vista y pueden compartirse opiniones sobre cepas, zonas y añadas. Se le da protagonismo al vino enfocando los sentidos especialmente al que degustamos.

Para quienes se inician en el consumo del vino es preferible que disfruten primero de las degustaciones, por países, cepas, zonas y bodegas; para luego ingresar como aficionados al tema de la cata. Es deseable realizar previamente cursos específicos; conocer de vino no es fácil, aunque es un verdadero placer; amerita buena observación, hay que catar muchos vinos, debemos conocerlos desde la copa, observándolos, disfrutándolos y dejando que ellos mismos se expresen en toda su plenitud, educando nuestros sentidos. Empecemos pronto porque la vida es muy corta y son muchísimos los vinos en el mundo.

Fotografía: Tomada de GQ.com

 

Cómo detectar defectos en los vinos por Guillermo Vargas

 

Por Guillermo Vargas guillermo.vargasg@gmail.com

Es grave cuando elegimos un vino para un evento y luego de abrirlo nos damos cuenta que no está bien y tiene defectos que se deben a alteraciones naturales del vino o por un mal manejo. Sin ser un experto en vinos, un consumidor, con cierto grado de observación, puede identificar dichos defectos.

Cuando catamos el vino, podemos apreciar su aspecto: debe ser transparente, brillante y sin turbidez.

Al tratarse de un blanco clásico, seco (no un blanco dulce licoroso), debemos apreciar un vino de color dorado pálido, con tonalidades verdosas, cuando está muy joven. Dorados muy intensos con tonalidades ambarinas, tipo destilado añejo, nos indican defectos de oxidación y vejez.

En los tintos, los colores varían desde el violeta al granate, dependiendo de la edad del vino; sin embargo, colores pardos, con tonalidades marrones, nos indican un vino alterado, envejecido y oxidado. Tanto en blancos como en tintos, estos defectos producen desagradables aromas y gustos.

Al oler el vino debemos apreciar aromas frutales, florales  y complejos y ricos aromas de su crianza en botella (bouquet); pudiéndose apreciar olores impuros considerados defectos. Uno de ellos, el menos grave, a mi juicio, es el olor a corcho en mal estado; se le llama “vino acorchado”. Ocurre por cierta alteración del concho, que le transmite al vino un olor desagradable, parecido a cartón mojado.

Se puede rechazar el vino, sin embargo, oxigenándolo en un decantador, por ejemplo, y esperando unos treinta minutos, pudiéramos eliminar el problema. Existen defectos olfativos más graves, como el olor a vinagre. Se detecta fácilmente porque es un olor muy conocido en las ensaladas, pero desagradable en el vino; le da un carácter impuro. Un vino avinagrado es imposible de consumir ya que su contenido de ácido acético produce en boca una sensación de acidez muy alta y desagradable.

Otros defectos que se apreciar en nariz, son los olores a frutos podridos como manzana, típicos de vinos oxidados y vencidos; estos vinos además desarrollan sabores muy desagradables y de amargor fuerte. En boca, se pueden detectar otros defectos como exceso de acidez y de taninos, que pueden causar sensaciones desagradables y astringencia agresiva; o por el contrario, vinos tan envejecidos, que han perdido su estructura tánica y se sienten aguados y desequilibrados.

Fotografía: Tomada de la revista El Conocedor 

 

Errores al catar el vino por Guillermo Vargas

Por Guillermo Vargas guillermo.vargasg@gmail.com

A la hora de catar el vino no se deben utilizar copas de tamaño pequeño, talladas, difusas, de cristal no incoloro, de vástago corto y de cáliz muy abierto. Se prefieren las incoloras, de vástago largo, grandes, anchas en el primer tercio del cáliz y algo cerrada en su boca; de manera que se pueda ver correctamente el color y tonalidad del vino.

Sólo debemos servir un tercio de vino en la copa, para que se desarrolle en el espacio de los siguientes dos tercios de la misma; además para que en el momento de su agitación,  el vino pueda girar internamente sobre la superficie de la copa sin derramarse.

La cata, es la apreciación organoléptica de las cualidades de un vino a través de los sentidos como vista, olfato, gusto y tacto; para conocerlo, describirlo, juzgarlo y disfrutarlo.  En este proceso se suelen cometer errores que interfieren en la interpretación y disfrute del vino; para evitarlos les indico algunas recomendaciones.

No debemos agitar el vino sin antes olerlo; lo ideal es hacer la primera observación olfativa antes de agitarlo, para apreciar los aromas que el vino desprende de manera espontánea. A continuación  debemos agitar la copa en círculos para mojarla toda y aumentar la superficie de evaporación y apreciar los aromas del vino, con mayor intensidad. Por supuesto, se hace la agitación y apreciamos inmediatamente los aromas. Es un error continuar agitando todo el tiempo la copa, lo cual es muy agradable y elegante, porque lo que estamos haciendo es sacándole los aromas al vino sin apreciarlos.

No debemos probar el vino, sin antes disfrutar sus aromas; al hacerlo, la apreciación gustativa interfiere la correcta apreciación olfativa.

Hay que tomar la copa por el vástago y no por el cáliz, porque calentamos el vino con nuestra mano, le marcamos los dedos a la copa y finalmente es muy poco elegante.

Al llevar el vino a la boca no debemos ingerirlo inmediatamente, es muy importante pasearlo sobre la lengua e impregnar lo suficiente la mucosa bucal, para percibir sabores y sensaciones táctiles, típicas de cada vino.

Podemos catar la primera copa de cada botella, para asegurarnos que el vino esté correcto, teniendo mucho cuidado de no incurrir en los errores  señalados con anterioridad; luego podemos apreciar el vino de una manera más flexible, al gusto, hasta terminar la botella, donde cada copa se disfruta con todo el placer posible, para hacerle al vino el honor que merece y disfrutarlo al máximo.  ¡Salud!

 

 

La diferencia entre vinos varietales y de ensamble por Guillermo Vargas

Por Guillermo Vargas

Generalmente se denomina vino varietal al que se elabora con una sola variedad de vid o cepa; sin embargo la legislación de la Unión Europea, considera también varietales a los vinos que contienen un mínimo de 80 % de vinos de una sola cepa, la que puede darle el nombre.

Vino de ensamble es el producto de la unión de vinos de varias cepas, generalmente del mismo viñedo; se elaboran por separado, aprovechando los aportes de las uvas, en aroma, color, acidez y estructura, que cada enólogo ensambla a su criterio, buscando que la combinación sea mejor que cada uno de los vinos solos.

Los aportes de las cepas están ligados al suelo y clima donde se cultivan, lo que se denomina el “terroir”; que influye en los aromas y gustos de las uvas y los vinos obtenidos. Bajo este criterio nacen los vinos europeos, adoptándose la zona de producción para nombrar al vino, sin tomar en cuenta el nombre de sus cepas, sea una o varias. Son ejemplo los vinos Bordeaux y Bourgogne, en Francia, los Barolo y Chianti, en Italia, los Rioja y Jerez en España, los Oporto y Bairrada, en Portugal, entre otros. En muchos casos no se coloca en la etiqueta el nombre de las cepas y sus proporciones en el ensamble, dándole mayor importancia a la zona de origen.

Se señala que fueron los alemanes los primeros en llamar los vinos por el nombre de las cepas, con vinos de cepas como: Riesling, Sylvaner, Gewürztraminer y Chardonnay, de características tan típicas que se disfrutan solas.

Esta opción se trasladó a Francia, Italia y España, con las cepas Chandonnay, Sauvignon, Pinot Noir, Pinot Grigio y Alvariño. Lo cual fue utilizado luego en Estados Unidos y Australia, por la restricción del uso de nombres de zonas europeas, adoptado también en Chile, Argentina, Brasil, Uruguay, Sudáfrica, Nueva Zelanda, India, Tailandia, Perú, Venezuela y otros.

Con los varietales se facilita, la elección del consumidor que se inicia en el consumo de vino; siendo sencillo escoger entre Malbec, Syrah y Tempranillo, o entre Sauvignon y Chardonnay.

Sin embargo la misma cepa cultivada en condiciones diversas de suelo y clima, le imprime al vino cualidades que lo puede hacer diferente; por lo que finalmente la zona o “terroir”, es muy importante.

Lo ideal es empezar por los vinos varietales para luego incursionar en los de ensamble, en ambos casos disfrutando al máximo cada uno de ellos.

Fotografía tomada de GQ México

Maridaje de ensaladas y vinos

Guillermo Vargas (guillermo.vargasg@gmail.com)

Durante las primeras semanas del año, luego de las fiestas de Navidad y Año nuevo, cuando se acerca carnaval y semana santa queremos dar un descanso a los licores fuertes y a los platos cargados de calorías. Nos proponemos hacer ejercicio y a consumir más vegetales para bajar esos  kilitos de más. Por ello, es el momento de las ensaladas, aunque sería ideal consumirlas todo el año: son una opción gastronómica exquisita, al momento de consumir alimentos saludables y balanceados. La palabra “ensalada” proviene del italiano “insalata”, que significa: “comida salada”, del verbo latino “salare”, ricas hierbas saladas y aromáticas, uno de los platos típicos de la Roma antigua.

Los ingredientes de una ensalada son variables, la base puede ser de lechugas u otras hojas verdes y legumbres, pudiéndose agregar frutos frescos y secos, carnes, embutidos y quesos; se puede dar sabor con hierbas, especias y aliñar con base de vinagre. Sus ingredientes y aderezos son numerosos y variados, por lo que la armonía con los vinos es difícil debido a la cantidad y diversidad de sabores que nos ofrecen.

Es importante estar atentos con los ingredientes de la ensalada, la alcachofa, la espinaca y el espárrago no se llevan bien con el vino, por lo que hay que evitarlos y aún más los aderezos, entre ellos el vinagre; su alta acidez perturba el equilibrio entre los taninos, el dulzor y acidez del vino, se puede utilizar vinagre balsámico, solo en pequeñas cantidades.

Las ensaladas a base de lechuga en sus diversas especies, son ideales y maridan perfectamente con rosados secos y abocados, así como blancos secos de Chenin Blanc, Sauvignon, Pinot Griggio, entre otros. Agregar piña, melón, manzana, pasas, frutos secos y quesos puede suavizar los taninos del vino y equilibrar el exceso de acidez que aportan el aliño y el vinagre; estos gustos dulces maridan muy  bien con vinos secos de Riesling, Gürztramminer y Frizzantes.

Las típicas ensaladas griegas, con tomate, pepino, pimentón, aceitunas y queso feta, aderezadas con orégano, aceite oliva y vinagre; así como la conocida ensalada César, con lechuga, queso parmesano, pan tostado y opcionalmente pollo, aderezada con mostaza y mayonesa, se pueden maridar con un espumoso Brut Nature o Brut.

Una típica y excelente ensalada italiana con rúgula, queso parmesano, bresáola o proscuitto crudo o jamón serrano, es una delicia maridarla con tintos de crianza de cepas como Sangiovese, Tempranillo o Syrah.

 

 

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 Vino rosado, mitos y realidades      

 

Por Guillermo Vargas (guillermo.vargasg@gmail.com)

Existe la falsa creencia de que el vino rosado es un vino de mala calidad. Algunos, por desconocimiento del tema enológico, no lo consideran vino. Un vino rosado es como un tinto, elaborado con una maceración corta antes de la fermentación; luego del despalillado, se dejan las uvas en contacto con el mosto por unas quince a veinte horas, a unos 10° C -maceración pelicular en frío- para que desprenda ligeros pigmentos, finos precursores de aromas y suaves taninos; obteniéndose el color, olor y gusto característicos. La duración de la maceración dependerá de la intensidad de color y la estructura tánica deseada; luego se separa el mosto, se prensa la uva, y ambos mostos -gota y prensa- se fermentan en ausencia de pieles y semillas como si fuera un vino blanco.

Curiosamente nos iniciamos en el consumo de vino con los rosados; nos llama la atención su suave sabor algo dulce; por lo que consideramos principiante a todo aquel que lo toma. Se usan expresiones ambiguas como: “no tomo vino rosado, porque yo sé de vinos”,  catalogando al rosado como un vino corriente. Sin embargo, existen excelentes vinos rosados. Su sabor y aroma típicos se deben además del tipo de vinificación, a las cepas utilizadas, como syrah, cabernet sauvignon, tempranillo, garnacha, mourvedre y barbera, entre otras.

Es importante destacar que los vinos rosados también aportan sustancias antioxidantes y cardio-protectoras; poseen aromas a frutas como frambuesas, fresas y cerezas; son deliciosos y de fácil consumo en cualquier ocasión, siendo ideal tomarlos fríos y en su primer año de vida. Los vinos rosados secos y abocados armonizan bien con comida de sabores exóticos como la china y tailandesa; igualmente con sushi, cebiche y además con pastas, risottos y paellas; mientras que los semi-secos y semi-dulces, son excelentes acompañantes de postres y frutas frescas.

En el mercado se encuentran rosados clásicos como los españoles Rioja, Ribera del Duero, Navarra y Valdepeñas;  los franceses Languedoc, Provence y Anjou;  los italianos de Toscana, Piamonte y Véneto; así como los chilenos, argentinos y californianos.

En Venezuela actualmente Bodegas Pomar, ha lanzado un excelente vino rosado, entre su nueva línea de vinos jóvenes de la cosecha de marzo 2016; elaborado con la cepa syrah, presenta un color rosado muy elegante, con típicos aromas varietales y frutales; suave y equilibrado en boca, ligeramente abocado, de muy agradable final.

 

guillermo.vargasg@gmail.com

 

La nueva línea de vinos jóvenes de Bodegas Pomar

 

Por Guillermo Vargas 

Bodegas Pomar, empresa que elabora vinos en Venezuela, con uvas procedentes de sus propios viñedos en Altagracia, estado Lara, acaba de lanzar al mercado su nueva línea de excelentes vinos jóvenes, en sus tipos blanco, rosado y tinto, los cuales se caracterizan por su frescura, frutosidad y elegancia.

Son vinos elaborados con uvas seleccionadas por su excelente calidad, luego de un paciente seguimiento del proceso de maduración y una acertada decisión del día de vendimia, que antecedió al riguroso y moderno proceso de vinificación. Dicho proceso, fue orientado a exaltar y respetar las características varietales presentes en cada una de las cepas de donde proceden.

Pomar Blanco, es un vino de color dorado pálido, de excelente tonalidad; de aromas frescos, con notas cítricas y de manzana verde, típico de sus cepas chenin blanc y malvoisie; suave en boca, de buen cuerpo, con una equilibrada acidez y un final muy agradable y elegante.

Pomar Rosado, elaborado con la cepa syrah, con un leve tiempo en contacto del mosto con sus pieles, previo a la fermentación, para obtener su bello color, sus finos aromas y unos taninos delicados y suaves; en nariz se pueden apreciar delicados aromas a fresa y frutos confitados; en boca revela un gusto suave y equilibrado, con un fino, agradable y abocado final.

El vino Pomar tinto se caracteriza por un bello color rubí medianamente intenso; de aromas frescos y complejos, con recuerdo de frutos rojos maduros, típicos de sus cepas Tempranillo y Syrah; en boca presenta una buena estructura, con taninos jóvenes de buena astringencia y un final largo y persistente.

Son vinos fáciles de consumir, que maridan perfectamente con nuestra rica y variada gastronomía venezolana; ideales para aquellas personas que buscan en sus momentos de informalidad, un vino de alta calidad.

La decantación del vino por el enólogo Guillermo Vargas

Por Guillermo Vargas (guillermo.vargasg@gmail.com)

Un concepto antiguo aunque muy de moda, es la decantación de los vinos. Consiste en separar un vino sedimentado de los residuos acumulados en el fondo de la botella; o simplemente airearlo, cuando no tiene residuos. Práctica fácil de realizar, si tomamos en cuenta el tipo y edad del vino, la temperatura de consumo y el recipiente donde realizarla.

En la decantación se genera un efecto de aireación del vino y una ligera oxigenación, favorable y necesaria; produciéndose la liberación del bouquet, desarrollado en sus años de añejamiento o guarda en botella. Por el contrario la exposición prolongada al oxígeno es perjudicial, porque puede disipar algunos compuestos volátiles, afectando la intensidad y fineza de los aromas del vino.

En vinos tintos de guarda en botella, parte de la materia colorante puede precipitar en el tiempo y formar sedimentos, los cuales se pudiesen retirar mediante la decantación.

Los vinos jóvenes que no formen sedimentos, se pueden decantar para eliminar olores fuertes, que recuerdan la fermentación; mientras que en los añejos, la decantación se utiliza para disipar algunos olores poco agradables que suelen desarrollarse a lo largo del añejamiento en botella.

Los tintos se decantan a temperatura alrededor de los 10 °C, de manera que en el tiempo de reposo lleguen a los 18 y hasta 20 °C, temperatura ideal de consumo. Aunque la decantación es casi exclusiva de los tintos, cuando se realiza en algunos blancos dulces, licorosos y añejos, suele ayudar a mejorar su expresión. Un tinto joven y tánico, de 1 a 3 años de edad, es suficiente decantarlo unos 30 minutos, con lo cual se pudiese sentir más redondo, suave al paladar, agradable y expresivo. Mientras que un vino maduro, de 5 años en adelante, pudiera decantarse máximo unos 20 minutos, dándole así la oportunidad de que se exprese y recobre su frescura, sin comprometer su bouquet.

Los excepcionales vinos de 20 o más años, tienen aromas tan frágiles, que no deben decantarse, para evitar una excesiva oxigenación que comprometa la fineza de sus bondades. En este caso, sirviéndolos cuidadosamente en una copa grande y adecuada, obtendrán el espacio correcto para su justa oxigenación.

Lo ideal es realizar la decantación en un recipiente de vidrio de boca ancha, alto y muy ancho en la base, llamado decantador, donde se logra una gran superficie de contacto entre el vino y el aire; desde allí se puede servir directa y elegantemente a la copa.

Fotografía tomada de Nuevos Horizontes, Gran feudo.

 

El arte de la cata del vino

Por Guillermo Vargas (guillermo.vargas@gmail.com)

La cata del vino, es la apreciación organoléptica de sus cualidades, a través de nuestros sentidos – vista, olfato, gusto y tacto-  para conocerlo, describirlo, juzgarlo y disfrutarlo.

En la cata distinguimos cuatro pasos fundamentales: observación por medio de nuestros sentidos, percepción de las sensaciones, comparación con sensaciones conocidas, y establecimiento de un juicio.

El catador debe saber expresar y describir lo que siente, además de formarse una opinión objetiva del vino que cata, aunque éste no sea de su preferencia.

La cata está fuertemente vinculada a nuestros sentidos. La vista nos permite distinguir el aspecto del vino; el olfato, localizado en la mucosa olfativa, percibe los aromas que ingresan por las fosas nasales y desde la cavidad bucal. El gusto ubicado en la lengua, detecta a través de las papilas gustativas, los sabores dulce, salado, ácido y amargo. El tacto, ubicado en la mucosa bucal, percibe sensaciones térmicas, viscosidad y untuosidad, además de la astringencia o sequedad, causada por los taninos del vino.

Para catar debemos usar una copa grande, incolora, de tallo alto, cáliz ancho en su base y cerrado en su parte superior. Servimos un tercio de la copa con vino e iniciamos por la fase visual. Inclinamos la copa sobre un fondo blanco, para ver la transparencia y las tonalidades del color.

Es ideal que la mayoría de los vinos blancos sean brillantes y de color dorado pálido, lo cual denota su frescura y juventud; mientras que en los tintos podemos observar tonos entre violeta y rubí, cuando jóvenes, hasta granate y ladrillo cuando añejos.

En la fase olfativa, antes de mover el vino, metamos la nariz dentro de la copa para percibir su olor; detectaremos aromas espontáneos de frutas y flores, en blancos y rosados. En tintos podemos percibir frutas rojas y negras, notas de roble, cacao, cuero y tabaco.

Luego agitamos la copa en ritmo circular para apreciar los aromas con mayor intensidad. Finalmente lo llevamos a la boca. Antes de ingerirlo, es importante pasearlo sobre la lengua e impregnar suficiente la mucosa bucal, para percibir sabores y sensaciones táctiles, típicas de cada vino.

Todo esta ceremonia la hacemos con la primera copa, para asegurarnos que el vino esté correcto, luego cada copa se cata con el mismo proceso, aunque menos estricto, al gusto de cada quien, para hacerle al vino el honor que merece y disfrutarlo al máximo.

¡Salud!

Fotografía tomada de expressnews.uk.com

Porqué es saludable tomar vino

Por Guillermo Vargas (guillermo.vargasg@gmail.com)

Tomar vino es un disfrute, una experiencia sensorial, un placer y una afición. Cuando tomamos vino no lo hacemos como una bebida alcohólica sino como un complemento de nuestra alimentación. Si nos acostumbramos a acompañar las comidas con él, es difícil regresar a otras bebidas.

El vino bien maridado con los alimentos representa la alianza perfecta desde el punto de vista saludable y placentero. Cuando lo tomamos, nos abre el apetito, estimulándose la secreción de jugos gástricos que intervienen en la digestión de los alimentos. Debemos evitar el consumo de vinos sin acompañarlo con alimentos porque nos puede generar acidez estomacal; de allí se origina la famosa “tapa española”, que acompaña cada copa, cuando estamos degustando el vino.

Un ejemplo perfecto de armonía es la placentera sensación que produce la fusión de un pescado o de frutos de mar con un vino blanco fresco, o el ensamble perfecto de la grasa láctea de los quesos y el gusto recio de las carnes rojas, con los compuestos fenólicos de los vinos tintos.

Por otra parte, debemos resaltar que los vinos tienen componentes que provienen del mosto, de la piel y la semilla de la uva, blanca y tinta, que son excelentes para nuestra salud.

Numerosas investigaciones revelan que algunas de estas sustancias, especialmente los polifenoles, entre ellos los ácidos fenólicos, los flavenoides y antocianos como catequinas, quercitina y resveratrol, pueden tener efecto antioxidante sobre la lipoproteína de baja densidad (LDL), además de acción antiateromatosa, antiagreganteplaquetario, antiinflamatoria y vasodilatadora; con lo cual se ha evidenciado la disminución, en algún grado, de los niveles de colesterol en la sangre, de la incidencia de arterioesclerosis y otras alteraciones cardiovasculares, así como de la formación de tumores.

No es fácil recomendar la mejor dosis de vino para beneficiarse de sus nobles efectos;  podríamos tomar como referencia a los países más consumidores de vino del mundo, como Francia, donde se consumen alrededor de 50 litros por año por habitante y Portugal e Italia, donde se consumen alrededor de 40 litros por año por habitante.

En trabajos científicos recientes, se ha reportado que el consumo habitual de una a tres copas de vino por día, puede ser muy saludables. No obstante, el consumo de vino, como de otras bebidas, debe ser moderado, lo cual siempre será mucho más sano y  placentero.

Fotografía Tomada de Laexperienciadelvino.com

Cómo iniciarse en el consumo del vino

 

Por Guillermo Vargas

Cuando queremos empezar a tomar vino, nos parece muy difícil. Nos hacemos preguntas típicas como por dónde iniciar, de qué países, de cuáles zonas, de qué cepas, blanco, rosado o tinto. Es totalmente normal. Mi experiencia me permite compartir es que no es difícil iniciarse, lo difícil es saber de vinos. Para ello hay que “sacrificarse” y probar con moderación todos los vinos que podamos, para disfrutarlos, percibir sus bondades, así como adquirir un buen entrenamiento de nuestros sentidos en el tiempo.

Es ideal empezar realizando un buen curso para iniciarse en el mundo del vino: en Caracas, Valencia, Barquisimeto y Maracaibo, Bodegas Pomar, a través del Club Pomar, tiene un excelente programa de divulgación de la cultura del vino, desde un nivel básico hasta niveles avanzados.

Les recomiendo no quedarse con los vinos de un solo país, una sola zona o una cepa en particular. Entremos al mundo del vino probando muchos de ellos, recordando siempre que el vino se entiende desde la copa, apreciándolo con nuestros sentidos y por supuesto disfrutándolo.

Para no sufrir un choque con las primeras copas de vino, lo ideal es empezar por vinos blancos suaves, ligeramente dulces y también con algo de gas como los frizzantes, así podemos aprender sobre finos aromas, suaves estructuras y alta acidez. Luego es conveniente seguir con rosados abocados y dulces, para sentir aromas más fuertes, suaves taninos y vinos de menor acidez, antes de entrar en los tintos.

Es importante aclarar que el vino no sustituye a otras bebidas alcohólicas como la cerveza y a clásicos destilados como el cocuy, el ron o el whisky. El vino es una bebida mayormente usada para acompañar los alimentos, porque potencia su sabor sin llegar a taparlo, produciéndose la alianza perfecta desde el punto de vista de placer y salud.

Para iniciarnos en el consumo de vino, empecemos a combinarlos con las comidas. Las cremas, pastas a base de salsas blancas, quesos suaves, pescados y mariscos, combinan con vinos blancos secos y abocados. La comida asiática, de sabores exóticos, con vinos rosados ligeramente dulces. Pizzas y pastas con salsas rojas, podemos maridarlas con tintos jóvenes de cuerpo medio. Quesos fuertes madurados y carnes rojas, chorizos y morcillas, todos a la brasa, así como embutidos, fiambres y platos elaborados en general; todos combinan muy bien con tintos de buen cuerpo preferiblemente de crianza en barrica.¡Salud y buen provecho!

 

Definamos el vino por Guillermo Vargas

Por Guillermo Vargas 

No es fácil definir un producto milenario, tan complejo, apreciado y noble como el vino. La Organización Internacional de la Viña y el Vino (O.I.V.), lo define como la “bebida resultante exclusivamente de la fermentación completa o parcial de la uva fresca o del jugo de la uva fresca”.

Luis Pasteur, científico de renombre mundial, afirmó en 1886: “El vino es la más sana y la más higiénica de las bebidas”.  Catedráticos de Enología en Francia, hace muchos años, señalaron: “Beber vino es la mejor forma de comunicarse con la tierra, al tomar sus minerales, extraídos por la vid”. Disfrutar del vino es una experiencia de los sentidos, un placer y una afición.

Es importante resaltar que el vino proviene exclusivamente de la uva, “del fruto de la vid y el trabajo del hombre”, como dice la liturgia de la iglesia católica; sin embargo a veces desconocemos el trabajo que hay detrás de cada botella.  Muchos especialistas en el área coincidimos en que el vino se empieza a producir en el viñedo, trabajo del ampelólogo (experto en el cultivo de la vid), y se elabora, añeja y afina en la bodega, trabajo del enólogo (experto en la elaboración del vino); quien tiene la misión de exaltar en el vino, las características de calidad aportadas por la uva.

La alianza entre un vino y un alimento es perfecta cuando se produce un equilibrio y armonía entre aromas y gustos de ambos. El vino realza el valor de la comida, al igual que interviene en su digestión y asimilación, proporcionándonos una placentera y saludable sensación cuando lo tomamos moderadamente. Su compleja composición nos proporciona agua proveniente de la uva, alcohol etílico, glicerol, ácidos orgánicos, sales minerales, vitaminas del complejo B, vitamina C y polifenoles como taninos, antocianos y antioxidantes, entre otros elementos.

Existen diversos tipos de vino. De acuerdo a su contenido de gas carbónico encontramos: tranquilos (sin gas), de aguja (frizzantes), con muy poco gas y espumosos (altos en gas);  de los cuales existen blancos, rosados y tintos.

Según su contenido de azúcar residual, existen desde secos hasta dulces, pasando por abocados, semi secos y semi dulces. Todos son exquisitos y hay apropiados para cada momento, lo cual queda a nuestra elección; por supuesto que el mejor vino siempre será el que más nos guste, dependiendo del tipo de comida con que lo vamos a maridar, del ambiente donde lo vamos a tomar, y muy especialmente de la compañía con quien lo compartiremos. ¡Salud!

 

Fotografía tomada de www.GQ.com.Mx

Qué es una cepa de vid para el vino por Guillermo Vargas

Por Guillermo Vargas

En viticultura, llamamos “cepa” al tronco o parte estructural y leñosa de una planta de vid, de donde brotan los sarmientos, con sus hojas y frutos; no obstante el término –cepa- en español y –cépage– en francés, lo usamos para señalar las vides cultivadas, que presentan características morfológicas y fisiológicas similares y generan un mismo tipo, llamado técnicamente “variedad”, que le da al vino el carácter, constituido por su aroma, sabor y estructura.

Estas cepas son el resultado de una gran evolución de la especie Vitis vinífera L., iniciada unos 6.000 años antes de Cristo en el Cáucaso, región cercana al Mar Negro, donde aparecieron las primeras vides; éstas fueron llevadas a Mesopotamia, Fenicia, Egipto, y luego a Creta y Grecia, continuando hacia las actuales tierras de Italia, Sicilia, Norte de África, Portugal, España y Francia, terminando su viaje entre los siglos I y V de nuestra era, en Gran Bretaña, Dinamarca y Europa Central.

Fue así que la vid estuvo plantada en variados suelos y climas, sufriendo adaptaciones, mutaciones, cruzamientos naturales y una gran selección por parte del hombre, quien escogió las mejores, en cuanto a su adaptación, producción y calidad del vino -bebida fermentada proveniente de las uvas- lo cual produjo una gran variabilidad dentro de la especie, generándose muchos tipos que hoy representan las variedades de vid o cepas, nativas de diversas zonas europeas.

Las cepas de vid para vino cultivadas actualmente en el mundo, provienen casi exclusivamente, de cepas nativas de Francia, España, Italia, Portugal,  Alemania y países de Europa Oriental, las cuales han sido introducidas desde allí, a países como Estados Unidos, Canadá, Sur África, Nueva Zelanda, Australia, México, Argentina, Chile, Brasil, Uruguay, entre otros, y a zonas tropicales de países como Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Brasil, India y Tailandia, entre otros; donde conforman los viñedos para vino de esos países.

Estas cepas, cultivadas a nivel mundial, conservan sus características morfológicas, fisiológicas y organolépticas, porque se propagan solo por multiplicación vegetativa, es decir, por estacas, injertos y micro tejidos, para conservar su pureza genética en el tiempo.

Algunas conocidas son Cabernet Sauvignon, Merlot, Pinot Noir, Syrah, Petit Verdot, Malbec, Tempranillo –tintas- y Chardonnay, Sauvignon, Malvoisie, Chenin Blanc y Macabeo –blancas- entre otras.

Fotografía tomada de www.bolsillofinanzas.com