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Salentein en el desierto

Quien llegue al Valle del Uco, en Mendoza, Argentina, tendrá ante sí una vista que conmueve: Un cristo abre los brazos ante el valle, que sortea su naturaleza desértica gracias a las aguas que bajan del deshielo, como una bendición, desde la Cordillera.

El tema del agua en Mendoza es asunto serio. Su escasez obliga a regularla con rigor, en una región que vive gracias a sus bien contados oasis. Por eso sorprende a manera de espejismo, cuando se llega a un lugar pleno de viñedos primero, un camino de álamos que se elevan al cielo y luego, una generosa posada rodeada de verdor.

Donde antes sólo había maleza, aguarda la Bodega Salentein de sobria belleza, plantada de manera respetuosa ante la imagen de la Cordillera. En sus dominios se levanta una galería que semeja una aparición. En medio del suelo árido estalla el espacio Killka, de discreta elegancia, que muestra una colección permanente de arte argentino contemporáneo digna de la visita. Allí también hay un restaurante, donde el chef Gabriel Rodríguez  prepara sus propuestas con lo que se da en la región: Provoleta sobre puerros asados. Trucha con raspadura de almendras. Volcán de dulce de leche.

Frente a la galería, se levanta un templo con la serenidad que inspira gratitud. Y al final del trayecto, aguarda una posada generosa, rodeada de viñedos, ideada para las selectas visitas que desean conocer los secretos de vino en manos del equipo de Salentein.

Gustavo Soto, el ingeniero agrónomo de la bodega, cuenta cómo esa tierra ha cambiado ante los designios de hombres con decisión. “Antes aquí se cultivaban uvas que se utilizaban para complementar vinos de otras regiones. Ahora se piensa que es el futuro de Argentina”.

Hace 10 años este valle no tenía la secuencia de bodegas de ambiciones que ahora ostenta. En ese cambio, cuenta, fue clave la mirada de largo alcance del fundador de Salentein, un empresario holandés retirado que decidió dedicarse a elaborar vinos de alta gama, apostó por esa tierra contra todo pronóstico, compró viñedos que se extienden por 22 kilómetros y una década después, ve confirmadas sus intuiciones.

Salentein tiene apenas 10 años, ya se presenta como el séptimo productor de Argentina y tiene la historia contundente de quien crece con vigor. El lugar fue una buena apuesta para su gruesa inversión. “Aquí los días son cálidos y permiten que la uva madure. Las noches son frescas, por lo que preservan el nivel de acidez y los aromas. Por eso conseguimos uvas de más color, excelente concentración y acidez natural”, se precia Soto.

Los viñedos tienen una particularidad: van desde 1.000 a 1.600 metros sobre el nivel del mar, y en esas gradaciones, ahora prosperan las uvas que pueden expresarse de manera distinta. El reto es conseguirles el mejor lugar según su personalidad. “La misma variedad puede dar características distintas. Esto es una paleta de aromas y sabores”, dice Soto y señala el viñedo que se extiende hasta el horizonte.
 
Ahora, en bodegas como ésta, se esmeran por entender con más detenimiento qué dice la tierra. “El trabajo es identificar lotes distintos. Así cómo antes se habló de Argentina, luego de Mendoza, ahora se habla, por ejemplo, del Valle del Uco. Esa diferenciación además viene de pequeños viñedos. Micro terruños”, cuenta el veterano José Galante, quien durante 35 años fuera el enólogo de Catena Zapata, y desde hace año y medio está a cargo de los vinos Salentein.

Lo cuenta en una bodega de hermosura tan serena que recuerda a un templo. La misma que ha merecido reconocimientos planetarios por su propuesta arquitectónica.

Esas certezas que antes estaban sólo en el Viejo Mundo del vino, llegan al Nuevo, como el paso siguiente para diferenciarse. Mientras se escuche con más detenimiento la tierra propia, se podría brillar mejor afuera. “En los últimos 10 años, en Argentina ha habido una evolución hacia vinos con caracteres más frutales. Antes eran oxidados. Con mucho roble. Ha influido el conocimiento del viñedo. Eso le da una clara diferencia a los vinos, para darle un origen”, dice Galante. Ya decir Malbec argentino no basta. Ahora lleva el apellido de su región porque se entiende que allí, esa uva, en manos de esa bodega, tiene una expresión distintiva. Al final, en el vino también se confirma que los mejores hallazgos vienen de ver con detenimiento el terruño propio.