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El café que ha perdurado

Las Tías

Café Vómero tiene 53 años en La Carlota, en manos de la misma familia. Está en una esquina de La Carlota, que sus fieles conocen de memoria. La misma donde Giovanni Misciagna consiguió su destino frente a una humeante taza de café cotidiana.

Italiano, de Bari para más señas, iba cada día al café Vómero de unos coterráneos para su café de rigor. Los dos hermanos dueños del local un día decidieron venderlo y él apostó los 35.000 bolívares (de antes) de su liquidación en una cauchera para comprar el café que regentó desde 1953.

Tardaron en dárselo, pero las cosas llegan a quienes esperan, sin prisas, su destino. Allí se enfrentó frente a la máquina Astoria a preparar los espressos con la maestría de quien asume con pasión el oficio elegido.

Todos los días, desde las cinco de la mañana, de lunes a domingo y durante 33 años, Don Giovanni preparó el café que lo convirtió en uno de los más célebres de Caracas. Allí, mientras se levantan las tazas de cerámica en la breve barra, han pasado décadas en las que la cotidianeidad es desmenuzada ante un espresso que hace honor a su esencia.

Don Giovanni nunca les enseñó a sus hijos cómo prepararlo. «Decía que había aprendido solo y que nosotros también podíamos hacerlo», recuerda Anna. Pero desde la nobleza de quien tiene sus propios métodos, los dejaba solos ante la máquina para que ellos descubrieran sus propias destrezas. Tanto que Anna y Jean Franco siguieron la misma pasión: ella en Vómero y él en Café Piu de Bello Monte que regenta desde hace 10 años.

Anna aprendió sola enfrentándose a la máquina. «Mi papá se desaparecía para que aprendiera. Esa era la forma». Así le enseñó ella a su hijo, que ahora está en Alemania ofreciendo su propio café. «Me metía en el baño y dejaba que él aprendiera. Todos le tienen miedo a esa máquina».

Aunque Don Giovanni no dejaba que su hija trabajara allí, un día llegó el permiso anhelado. «Vente a trabajar pué», fue el cambio de su destino. Lleva 18 años allí, y luego de la muerte de Don Giovanni quedó al frente de Vomero, siguiendo sus máximas. «Reviso que el café esté bueno y bien tostado. Que esté bien molido para que entren los siete gramos necesarios».

Y aunque las circunstancias cambian, ella no deja que la tradición tenga fisuras. «El que sabe sacar crema, tiene que lograrla aunque la leche esté aguada». Allí ingenió un café en honor a su padre, al que bautizó Don Giovanni, que es capaz de alejar cualquier agobio: tiene leche condensada, sambuca, chocolate y almendras. «A él no le gustaban las mezclas. Pero lo hice en su honor».

En el mismo local donde han tomado café presidentes y fieles de décadas ella mantiene su pasión, aunque sepa que su padre fue un maestro insuperable. «Él era muy celoso de su máquina. La cuidaba como a una mujer. Nunca sacó un café malo. Uno quiere superarlo, pero sé que es mentira».

Por Rosanna Di Turi

Periodista especializada en gastronomía, editora de esta página. Convencida de que nuestros sabores son un gustoso lugar de orgullo y encuentro para este gentilicio. Fue gerente editorial de la revista Todo en Domingo de El Nacional y autora de los libros ABC del Vino, Ron de Venezuela y El legado de Don Armando. Twitter: @Rosannadituri

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